LA FRASE MÍTICA
LA FRASE MÍTICA
26-Agosto de 2006.
Pontedeume.
Ese sábado, teníamos programada una actuación del ballet que a punto
estuvo de no celebrarse.
El fantasma de la cancelación nos persiguió toda la semana.
Se la vendí a un Organismo Cultural, quien se la regaló a Pontedeume, para representar
al Aire Libre,ya que no disponen de un teatro o multiusos.
Cuando fuimos a mirar la plaza sugerida por el Concello, vimos que el suelo tenía
pendiente en 2 sentidos. Cuesta abajo y hacia un lado.
Como el espectáculo era de danza y con 6 músicos tocando en directo sobre el
mismo escenario, no podíamos permitir vibraciones. Así que, si no se podía calzar
bien, no era el lugar adecuado por muy céntrico que estuviese.
Cambiamos la ubicación al paseo marítimo. Nuevos contratiempos. El viento crecería
con la subida de la marea , incomodando a los espectadores, y haciendo navegar el
sonido.
Buscando una tercera situación, nos encontrábamos a miércoles, y el parte meteorológico
empezaba a resultar muy fiable. Anunciaban lluvias para el fin de semana.
Por si no fuese difícil vender actuaciones, los elementos se alzaban en nuestra contra,
para realizarlas.
Las inmensas ganas de trabajar, nos llevaron a una nueva posibilidad.
Utilizaríamos la Polideportiva ¡Claro que su acústica ... deja mucho que desear!
En las deliberaciones, todos los artistas coincidían en que los cientos de horas que
ensayan, son para mostrar su arte al público.Además, es el único día que cobran.
Había que conseguirlo como fuese.
Nos esforzamos en recrear en la pista del pabellón una "Caja Negra", un escenario
con bambalinas, cuya tela absorbería sonido, dificultando el efecto eco.
Esta cancha deportiva, es rectangular. Accedes por una gran puerta central situada en
uno de los lados pequeños . Si te paras en su quicio, ves la grada para el público a tu
izquierda, y la pista de baloncesto,ocupando el frente y la derecha, cuyo linde es una
gran pared. Desnuda. Sólo una pequeña puerta con acceso directo a la calle, se dibuja
en ella; es la que utilizan los jugadores para acudir a diario a los entrenamientos.
Por fin, resuelto el lugar de la actuación, trabajamos ese día desde la 7 de la mañana.
Operarios, productores, nos afanamos en construir un enorme teatro
dentro de ese edificio.
Cuando llegaron los bailarines y músicos para ensayar, 5 horas antes de la actuación,
todavía faltaban muchos detalles para concluirlo.
Los nervios empujaban a cada uno a agilizar su cometido.
Sobre el linóleo que se pone de suelo a los bailarines para evitar resbalones, había
mecolanza de actividades. Unos estiraban músculos, otros calentaban instrumentos,
otros martilleaban los paneles que servirían de bambalinas ...
Pablo, el saxofonista y gaiteiro, creador a la vez de gran parte de la obra, era de los
más jóvenes y traviesos del grupo. A sus veintipocos años tenía varias carreras de
música, estudiaba el último curso de una ingeniería, y trabajaba dando clases en el
Conservatorio.
Un genio inquieto.
Bromeaba con todo lo que podía y con todos.
En cuanto el vestuario estuvo preparado, intercambió las tallas más extremas. Al más
grande le puso en la percha la chaqueta más pequeña y viceversa. Se acercaba a las bailarinas y
les robaba un beso en el cuello mientras se maquillaban, consiguiendo un "¡Pablo, cabrón,
me asustaste!" como dedicatoria más suave.
El cariño que le profesa toda la compañía le permitía bromear también con los ténicos, colando en
los cascos del sonido un acorde altísimo, cuando se suponía que iba a emitir uno menos
fuerte. Los sonidistas, pasado el susto inicial, se quitaban los cascos y figuraban -entre risas-
que se los arrojaban, eligiéndolo a él como diana.
A Quince minutos del comienzo, por fin todo estaba en su sitio.La gente abarrotaba el recinto.
Desde la mesa de especialistas, situados bajo el público y frente al escenario, bajan la intensidad
de la luz, como indicativo de que la función va a empezar.
En la parte trasera de la Caja Negra, bailarines, músicos, y productora, nos unimos en un círculo
enlazándonos por los hombros y emitimos al unísono un "¡Moitamerda!" como grito de guerra,
para darnos ánimos y desearnos suerte.
En silencio, cada artista ocupa su lugar sobre las tablas.
Un último vistazo al reloj de mi muñeca, confirma que ya casi son las diez de la noche.
Yo, la productora -entre cajas- miro a Pablo, que ha de darme la señal de que podemos abrir el
telón. Acostumbra a tener el saxofón entre sus manos, se lo lleva a la boca, y ahí me hace un
gesto afirmativo con la cabeza.
Pero esta vez, debido quizás a la hiperactividad de un genio como éste, se le ocurre la gracia de
lanzar el instrumento al aire, en vertical. El objeto brillante se eleva por encima de su cabeza,
y en lugar de parar entre sus manos, que las tiene a la altura del abdomen, se escurre entre e ellas, y lo acaba atrapando por la boquilla, a la vez que choca contra el suelo, sin llegar a caerse.
Los músicos están más elevados que los bailarines, en unas tarimas cubiertas por una tela negra.
El saxofón toca en la madera, y se daña ligeramente.
Todas las miradas que estaban pendientes de él para recibir "la entrada", se tornan asesinas.
La mesa de sonido ya había recibido por el intercomunicador mi orden de "prevenidos. C cinco, cuatro tres ... " no escuchan el "dos ... uno". Me acribillan entonces a preguntas " ¿ ¿arriba telón? ... ¡María ...
María ... no te recibimos ... ¿arriba telón? ... ¿pasa algo?
Mientras, Pablo, azoradísimo, centro de 26 ojos espectantes, soplaba suave, y comprobaba que
la nota "do" le salía distorsionada.
"¿subimos telón? ... como no te oimos ¡vamos a subir telón! ... "
Reaccioné suplicando por el intercomunicador "esperad un instante, cayó un instrumento..."
Me parece notar que el público murmura. Los segundos a oscuras y en silencio, se sienten
como horas.
Todos, grandes profesionales, resuelven inmediatamente cambiar de nota las melodías. Requiere
una complicidad exagerada y nunca antes lo ensayaron...
En una pieza, el saxofón es sustituido por la gaita ... pura improvisación ...
Músicos y bailarines podrían conseguir un record guinnes de comunicación por miradas.
Yo, hojeo el programa de mano, como si de una máquina del tiempo se trata-
ra y al hostigarlo, apareciésemos por arte de magia en la melodía final.
Cuatro temas, cinco, seis ... llenos de nerviosismo.
Llegamos al décimo. En éste, la intervención del saxo enriquece, pero se puede prescindir
de él.
Pablo aprovecha para bajar a hurtadillas del escenario, salir por la puerta trasera -la de los
jugadores- a la calle. Desmonta y monta a toda velocidad las partes que puede del instrumento,
y esperando que el sonido que arranque sólo se oiga en el exterior, vacía sus pulmones en
la boquilla. Su intención es restablecer el tono que le falta, pero no lo consigue.
Ahora, estoy pendiente a la vez, del número que bailan y de esa puerta mágica. Los pasos, saltos
y volteretas están a punto de llegar al fin en esta pieza. El siguiente título necesita
expresamente del saxofón.
Totalmente derrotado, el joven compositor me pide que lo cancele.
Advierto a los artistas, con señales aspavientosas , desde un lateral de la caja negra, que nos
saltamos un tema.
Intento que lo sepan los técnicos de luces y sonido por el intercomunicador, y ahora es este
aparatejo el que también falla.
Estallan los aplausos a este último trabajo.
Los bailarines, en lugar de beber y secarse el sudor con las toallas, como hacen al final de
cada número entre bambalinas, corren como si se acabara el mundo, chocando por el backstage, para alcanzar la nueva posición. Deberían cambiarse de vestuario, pero no hay tiempo.
Los productores de teatro utilizamos ropa negra para poder entrar a escena ante cualquier impre-
visto y resultar inadvertidos. Pero en este caso, bajo por el lateral, cruzo como un
fantasma veloz el patio de butacas, consigo alcanzar el puesto de control e indicar que nos salta-
remos la siguiente pieza: la penúltima.
Desde ahí, con los latidos en la boca , miro para el escenario. Compruebo que las luces
correspondientes al número final coinciden perfectamente con las cabezas sudorosas de los
bailarines. Las gotas chorrean sus maquillajes, y las blusas se les pegan al cuerpo como si de
un concurso de camisetas mojadas se tratara.
Mientras regreso a mi oculta posición en el escenario, distingo a Pablo -que observó todo-
dando vueltas sobre sí mismo, con las manos en la cabeza, y si la oscuridad no me
traiciona, casi diría que tirándose de los pelos.
Ya no subo al escenario.
En segundos estallan los aplausos, "bravos" y aturuxos.
Le digo que salga a saludar y no puede. Las piernas no le obedecen.
Se encienden las luces. El bullicio de la gente que abandona la polideportiva, permite hablar por fin en voz alta.
Uno a uno, los atistas bajan la estrecha escalera del escenario y vienen hacia nosotros.
Pablo, con un sudor frío, y de todos los colores, sólo puede balbucear "perdón". Está a punto de
llorar.
Los compañeros, que lo habían visto sufrir hasta el infinito durante toda la actuación, le rodean en un
círculo y comentan de buen tono "¡vaya adrenalina! ... si somos la hostia " -mientras se daban
palmaditas en la espalda y abrazaban-
"Joder ... " -apuntaba otro riendo- "hasta va a quedar mejor si no tocamos en DO"
Se felicitaban unos a otros . Los bailarines se sumaron al buen rollo : "la guitarra sonó de maravilla " ...
" ¡y el xilófno! ... la entrada del xilófono sonó de puta madre con este cambio ..."
Pablo agradecía secretamente la actitud benévola de sus compañeros, pero sabía que era
responsable y necesitaba hacerse cargo de su mala acción. Respiró profundamente, y mientras
se quitaba la chaqueta del uniforme nos soltó la frase mítica
" ¡Vale! ... Y ahora que ya nos chupamos las pollas ... vamos a ser sinceros "
María Barcia
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